En biología, el eslabón perdido es esa pieza que falta para completar la cadena evolutiva, la prueba que conecta una especie con la siguiente. La edificación tiene su propio missing link, aunque no es un “eslabón”, es un “escalón”, y no hace falta excavar yacimientos para encontrarlo: basta con mirar la pirámide de Maslow.
Maslow ordenó las necesidades humanas en cinco niveles ascendentes: fisiológicas, seguridad, pertenencia, reconocimiento y desarrollo personal. En la base situó respirar, descansar, mantener la temperatura corporal, hidratarse y alimentarse. La teoría nació pensando en personas, hace más de ochenta años, y ofrece una lectura sorprendentemente útil para analizar edificios. También en ellos existe un primer nivel que sostiene todo lo demás.
Imaginemos un edificio con tecnologías activas y pasivas avanzadas: sistemas térmicos y de climatización ultraeficientes, envolvente mejorada, BACS —sistemas de automatización y control de edificios—, monitorización, regulación, iluminación optimizada, conectividad y digitalización.
En términos de Maslow, muchas de esas prestaciones pertenecen a niveles altos de la pirámide. La base continúa siendo física y cotidiana: aire respirable, temperatura adecuada, humedad controlada, ausencia de contaminantes relevantes, ventilación suficiente, filtración eficaz y condiciones interiores compatibles con la salud.
Un edificio nuevo estrena certificación energética e indicadores de calidad del aire interior, CAI, asociados a ese primer escalón, en cumplimiento del Código Técnico de la Edificación, CTE, entre otras exigencias normativas. Esa garantía responde a las condiciones previstas en el proyecto y verificadas en la puesta en marcha y entrega.
Sí, en el momento de la puesta en marcha y entrega… Pero, ¿y después?
La calidad del aire interior debe sostenerse durante todo el ciclo de vida del edificio. Los filtros requieren sustitución de acuerdo a una pauta establecida, con una partida asignada en el presupuesto de mantenimiento. Los caudales de ventilación deben ajustarse a la ocupación real. Los sensores necesitan calibración. La regulación, el control y la supervisión deben mantener la instalación dentro de sus condiciones de funcionamiento.
El primer nivel de la pirámide de Maslow exige atención diaria. En un edificio ocurre lo mismo.
Aprender: varios escalones por encima del aire
En los espacios educativos se concentran durante horas niños, adolescentes, docentes y personal del centro. La actividad es intensa, los horarios son prolongados y la sensibilidad de los ocupantes es elevada. El edificio escolar forma parte de la experiencia educativa diaria de sus ocupantes, y ya se señala desde hace tiempo que una inadecuada CAI en centros educacionales disminuye la capacidad de atención y aprendizaje de los alumnos.
El aprendizaje se sitúa generalmente en el cuarto nivel de la pirámide de necesidades humanes, es decir, tres escalones de diferencia con la base y la CAI. Resulta incoherente, según esta teoría psicológica, no asegurar totalmente el nivel 1 (y posteriormente el 2 y el 3) antes que el 4 –el aprendizaje–.
El reciente International Symposium of Environmental Quality in Educational Spaces, in-SiEqES, celebrado en la ETSAM –Escuela Técnica Superior de Arquitectos de Madrid– de la Universidad Politécnica de Madrid, ha puesto el foco precisamente en esa relación entre espacios interiores, salud, bienestar y aprendizaje. La calidad ambiental interior está generando conocimiento, datos y discusión interdisciplinar en torno a variables que afectan de manera directa a la vida diaria en los edificios: calidad del aire, confort térmico, iluminación, acústica, contaminantes interiores y exteriores, materiales, hábitos de uso y condiciones de operación.
Sin embargo, mientras la evolución científica y del conocimiento en torno a la CAI avanza con rapidez, en el proceso de traducción a decisiones de inversión –en forma de presupuestos, licitaciones, rehabilitaciones, mantenimiento y gestión pública– hay algún eslabón perdido.
Subir de nivel manteniendo la base
Cada intervención sobre la climatización, la ventilación, la filtración, el control o la envolvente influye de manera simultánea sobre energía, huella de carbono y calidad ambiental interior.
Una mejora de la estanqueidad modifica las infiltraciones, pero si la ventilación no se ajusta en consecuencia, puede producirse el síndrome del edificio enfermo (un conjunto de síntomas inespecíficos, como dolor de cabeza, fatiga, irritación de ojos o vías respiratorias) que sufren los ocupantes de un recinto cerrado, originados por la mala calidad del aire o el diseño del lugar.
Una estrategia de ahorro energético condiciona caudales, horarios y modos de funcionamiento. La selección de filtros afecta a salud, presión disponible, mantenimiento y consumo. La regulación y el control determinan la respuesta del edificio ante ocupación real, contaminación exterior, temperatura, humedad o necesidades cambiantes.
La rehabilitación energética necesita una lectura completa del edificio. Reducir consumo y emisiones constituye una prioridad indiscutible. Las decisiones adoptadas para alcanzar ese objetivo determinan también las condiciones ambientales que encontrarán los ocupantes durante décadas. La calidad de una intervención se mide en salud, energía, carbono, confort, costes operativos y capacidad de verificación.
La calidad del aire interior ocupa un lugar singular dentro de esa ecuación. Respirar pertenece al primer escalón. En un edificio, ese primer escalón depende de sistemas técnicos concretos: ventilación, filtración, recuperación de calor, climatización, sensores, regulación, control, mantenimiento y supervisión. Depende también de criterios de diseño, de una operación rigurosa y de una cultura de medición que permita conocer qué ocurre en uso real.
Durante años hemos aprendido a medir la energía de los edificios: indicadores, calificaciones, emisiones previstas y consumos. Esa exigencia debe alcanzar también a la calidad ambiental interior. Los centros educativos deben evolucionar añadiendo el eslabón entre conocer el detalle su comportamiento energético y, al mismo tiempo, desconocer parámetros clave sobre el aire que respiran alumnos y docentes durante buena parte del día.
El desarrollo, la concentración, la productividad, el aprendizaje y el bienestar descansan sobre las condiciones higiénicas del escalón base. La investigación sobre espacios educativos resulta especialmente valiosa porque concentra preguntas que después alcanzan al conjunto del parque edificado.
• Cómo medir.
• Qué contaminantes vigilar.
• Qué relación existe entre ambiente interior y salud.
• Cómo combinar eficiencia energética y calidad ambiental.
• Cómo gestionar el aire exterior en ciudades con episodios de contaminación.
• Cómo trasladar datos a decisiones operativas.
• Cómo mantener prestaciones durante toda la vida útil del edificio.
Desde AFEC llevamos tiempo insistiendo en esta visión integradora de instalaciones HVAC. La climatización, la ventilación, la filtración, la recuperación de calor, la regulación y el control forman parte de una misma arquitectura técnica, cuyo valor aumenta a medida que sus resultados pueden comprobarse. La calidad ambiental interior exige diseño, ejecución impecable, y mantenimiento profesional pautado y presupuestado y verificación, producto, instalación, operación, mantenimiento y verificación. También exige políticas públicas capaces de transformar evidencia técnica en criterios aplicables.
La transición energética de los edificios está movilizando normativa, inversión y conocimiento. Esa transformación gana solidez cuando se refuerza la base de la pirámide: las condiciones higiénicas y ambientales que sostienen la actividad humana dentro de los espacios. La descarbonización del parque edificado y la mejora de la calidad ambiental interior actúan sobre los mismos edificios, las mismas instalaciones y las mismas decisiones.
La calidad del aire interior merece entrar en los presupuestos con la misma naturalidad con la que ha entrado en los congresos científicos. Merece aparecer en los pliegos, en las estrategias de rehabilitación, en los planes de mantenimiento y en la gestión de centros educativos. El aire que respiramos dentro de aulas, oficinas, residencias u hospitales pertenece al primer escalón de cualquier política seria de edificación.
Maslow dejó escrito que las necesidades humanas tienen un orden. Los edificios donde desarrollamos nuestra vida cotidiana deberían recordarlo con la misma precisión: la base de la pirámide se sostiene cada día.
Artículo escrito por:
Marta San Román
Directora general
AFEC