El auge de la inteligencia artificial y la digitalización está disparando la construcción de centros de datos en España. ¿Cómo cree que esta nueva demanda energética puede afectar a la estabilidad y capacidad de la red eléctrica?
Las previsiones hablan de un consumo de 26 TWh en los próximos años, es decir, se necesitaría aumentar un 10% más una red ya saturada. El problema actual no es tanto la dificultad para aumentar la producción como para la distribución de la energía. Y no hablamos sólo de CPDs sino también de la electrificación de hogares, el transporte y los procesos productivos.
En los últimos años se ha hablado mucho de ampliar las infraestructuras de transporte eléctrico. ¿Es suficiente esta estrategia o es necesario apostar también por un modelo más distribuido de generación?
Las dos cosas son inevitables y deben ser atacadas. Si queremos sistemas de transporte sin emisiones y de rápida carga, necesitamos cargadores de gran potencia. Lo mismo aplica a los sistemas digitales. La demanda de energía eléctrica seguirá creciendo y no será posible si no descargamos de la red parte del consumo actual y si no distribuimos la generación.
Desde su experiencia, ¿qué papel puede desempeñar el autoconsumo fotovoltaico para aliviar la presión sobre el sistema eléctrico nacional?
Las cifras hablan por sí solas y no admiten matices. Para que la red eléctrica soporte el avance digital sin colapsar, la solución pasa irremediablemente por nuestras casas. Si logramos que la mitad de los hogares españoles alcancen un 80% de independencia energética, el peaje de los centros de datos quedaría neutralizado sin necesidad de construir más centrales de generación. Solo liberando megavatios desde el ámbito residencial podremos sostener la digitalización. El autoconsumo masivo ya no es una simple opción ecológica, es la única infraestructura de país matemáticamente viable.
España cuenta con uno de los mayores recursos solares de Europa. Sin embargo, el despliegue del autoconsumo todavía tiene margen de crecimiento. ¿Cuáles son las principales barreras que siguen frenando su expansión?
Las principales barreras que observamos son 4:
- Diseño de la factura eléctrica: una parte significativa de la factura eléctrica en España está compuesta por costes fijos (término de potencia y peajes). Esto significa que, aunque el usuario reduzca drásticamente su consumo de la red gracias a las placas, el impacto en su factura final está limitado por esos topes fijos, desincentivando la inversión.
- Fin de las subvenciones directas: el agotamiento progresivo de las ayudas directas a fondo perdido (como los fondos europeos Next Generation) ha paralizado muchas decisiones.
- Cuellos de botella en la red eléctrica: uno de los mayores problemas actuales es la falta de capacidad de las redes de distribución para integrar la energía sobrante.
- Falta de almacenamiento masivo: para maximizar la independencia de la red, es fundamental instalar baterías. Sin embargo, aunque su precio tiende a bajar, el coste añadido que supone integrar baterías en una instalación sigue siendo un freno económico importante para la mayoría de los hogares y pymes.
Más allá del consumo eléctrico, los centros de datos también plantean retos relacionados con el uso del agua para refrigeración. ¿Cree que este aspecto está recibiendo suficiente atención en el debate público?
Es el elefante en la habitación. Mientras el debate público y mediático se centra casi en exclusiva en el consumo eléctrico y los megavatios, el gasto de agua de los centros de datos pasa demasiadas veces desapercibido. En un país con un estrés hídrico tan marcado como España, ignorar este vector es un error crítico.
Sin embargo, el panorama no es desalentador. La industria es plenamente consciente de este reto y la tecnología de refrigeración está evolucionando a un ritmo vertiginoso. Ya estamos inmersos en una transición hacia sistemas que reducen drásticamente el consumo, como la refrigeración seca (que disipa el calor con aire), los circuitos cerrados (que reutilizan el mismo caudal continuamente) o la refrigeración líquida directa al chip.
La aerotermia se presenta como una alternativa eficiente para la climatización sin necesidad de grandes consumos de agua. ¿Qué ventajas ofrece esta tecnología tanto para viviendas como para edificios terciarios e industriales?
El agua caliente sanitaria y la calefacción suponen el grueso histórico del gasto energético en cualquier hogar y es exactamente ahí donde la aerotermia ataca el problema de raíz. El éxito de estos climatizadores eléctricos reside en un principio físico, no crean calor quemando combustible, sino que funcionan como transportadores que aprovechan la energía térmica presente en el aire exterior.
Gracias a este mecanismo, el equipo logra un efecto multiplicador sin rival, por cada kilovatio de electricidad que consume para funcionar, es capaz de aportar hasta 4 kilovatios de potencia térmica, ya sea para calefacción o refrigeración.
A este salto brutal de eficiencia energética hay que sumarle una ventaja crucial para el sector terciario e industrial, y es su independencia hídrica. A diferencia de las tradicionales torres de refrigeración de grandes edificios o fábricas, que evaporan miles de litros de agua de forma constante, la aerotermia opera mediante circuitos cerrados. Esto permite a naves, oficinas e incluso infraestructuras tecnológicas obtener una climatización masiva con un consumo de agua estructuralmente nulo, resolviendo de un plumazo tanto el problema energético como la amenaza sobre nuestros recursos hídricos locales.
Cada vez es más habitual combinar instalaciones fotovoltaicas con sistemas de aerotermia. ¿Qué beneficios aporta esta integración desde el punto de vista de la eficiencia energética y la sostenibilidad?
No son solo tecnologías compatibles, sino que forman un ecosistema donde el conjunto es exponencialmente superior a la suma de sus partes. Para una instalación fotovoltaica, la aerotermia es, evidentemente, un consumidor de energía eléctrica, pero gracias a su inercia térmica actúa también como una verdadera batería energética.
Esta capacidad permite aprovechar e inyectar los excedentes eléctricos generados durante las horas de máxima producción solar directamente en la climatización o el agua caliente del edificio. Al hacerlo, logramos desplazar la curva de consumo, almacenando esa energía en forma de calor o frío para utilizarla cuando el sol ya no brilla. Desde el punto de vista de la eficiencia y la sostenibilidad, esta integración es la herramienta definitiva para maximizar el autoconsumo y exprimir cada kw solar.
Mirando a los próximos años, ¿qué medidas deberían impulsar las administraciones y el sector privado para compatibilizar el crecimiento de la economía digital con una transición energética sostenible?
España avanza rápido en renovables a gran escala, pero el autoconsumo ciudadano sigue teniendo barreras estructurales. Para liberar todo su potencial, necesitamos actuar en cuatro frentes:
Agilización burocrática: hay que simplificar la instalación, legalización y el acceso a la red. Esto afecta tanto a las normativas en comunidades y ayuntamientos, como a las distribuidoras y a sus barreras de comercialización de excedentes.
Impulso al agregador independiente: debemos hacer operativa y rentable esta figura (recientemente regulada) para que agrupe los excedentes de miles de hogares y los venda en el mercado eléctrico mayorista, generando un beneficio real directo para el ciudadano.
Almacenamiento masivo: generar energía de día no basta, hay que guardarla. Necesitamos un apoyo fiscal agresivo para el despliegue de baterías (privadas y comunitarias) que evite desperdiciar la energía solar y depender del gas por la noche.
Arbitraje y microtrading energético (Peer-to-Peer): hay que rentabilizar el sistema en dos frentes. De puertas para adentro, potenciando el arbitraje: que el hogar pueda cargar su batería de la red en las horas más baratas (o a coste cero) y usar esa energía cuando el precio se dispara. De puertas para afuera, impulsando el intercambio directo entre consumidores sin pasar por el peaje de la comercializadora tradicional.