El conjunto se plantea como una operación de escala urbana donde la arquitectura religiosa se inserta en un sistema más amplio de espacio público y uso colectivo. Concebido como destino de referencia para un distrito en expansión, busca construir un legado duradero mediante una combinación precisa entre monumentalidad, apertura y vocación comunitaria.
“Trabajar en estos contextos no lo abordamos como algo distinto, sino como una condición más del proyecto que requiere respeto, atención y precisión”, explica Nadine Pieper. “Aquí, el valor no está únicamente en cada edificio, sino en la relación que se establece entre ellos, en el parque y en la forma en que el conjunto puede ser vivido por la ciudad”.
El parque como estructura común
El parque actúa como verdadero elemento de cohesión del proyecto. No es un fondo ni una urbanización, sino un dispositivo que organiza recorridos, áreas de encuentro y una experiencia compartida del lugar. Desde esta lógica, la arquitectura trasciende su función religiosa para asumir también una dimensión cívica.
Esa condición pública no se traduce en discreción, sino en ambición urbana: el proyecto busca dotar a la ciudad de una nueva silueta reconocible y de una pieza capaz de fijarse en la memoria colectiva sin renunciar a la calidad de su implantación.
“Cuando el proyecto tiene una dimensión cívica tan marcada, la arquitectura no puede limitarse a resolver un edificio”, señala Etienne Borgos. “Tiene que construir relaciones entre paisaje, uso y comunidad”.
Monumentalidad y experiencia espacial
La mezquita, concebida para acoger a 9.000 fieles, equilibra monumentalidad y apertura a través de formas rotundas, espejos de agua y jardines paisajísticos. La secuencia de acceso introduce una transición gradual entre el espacio público y el interior de oración, donde la luz cenital filtrada construye una atmósfera cambiante y serena.
El agua y el paisaje acompañan esta experiencia como parte activa del proyecto, no como elementos decorativos, sino como instrumentos espaciales que refuerzan la relación entre arquitectura, clima y recorrido.
“La luz es un material de proyecto”, afirma Nadine Pieper. “Permite construir una secuencia donde el edificio acompaña el paso de lo colectivo a lo introspectivo”.
Estructura, materia y vocación icónica
El edificio se define por la intersección de dos bóvedas estructurales: una cerámica que filtra la luz y otra pétrea y perforada que protege de la radiación y aporta espesor. Esta solución integra en un único gesto estructura, control solar y materialidad.
En este proyecto, la arquitectura asume una ambición clara: no pasar desapercibida, sino alcanzar la intensidad necesaria para convertirse en un hito urbano. La contundencia formal no es un gesto gratuito, sino la expresión de una idea arquitectónica llevada al límite de su posibilidad constructiva.
“Nos interesa que la arquitectura tenga la suficiente fuerza para permanecer en la memoria”, apunta Etienne Borgos. “Aquí, estructura, luz y protección solar forman una misma decisión”.
Un espacio para comunidad y convivencia
El Centro Espiritual trabaja con precisión la secuencia de uso, desde la llegada hasta el espacio de oración, integrando recorridos, abluciones, escala y acústica dentro de una arquitectura clara y legible. Esta organización permite que la monumentalidad exterior conviva con una atmósfera interior de recogimiento.
Sin renunciar a la especificidad de cada ámbito, el conjunto propone un marco común donde distintas comunidades pueden coexistir. Más allá de su condición religiosa, el proyecto se plantea como una pieza urbana destinada a perdurar, capaz de articular comunidad, cultura y espacio público en un único sistema coherente.